miércoles, 30 de enero de 2008

10-INFLUENCIA DE MADAME BOVARY DE GUSTAVE FLAUBERT EN LA REGENTA DE CLARÍN

Madame Bovary y La Regenta son novelas con cierto parecido, que en cualquier caso es muy superficial. Madame Bovary es una novela muy poética, de estructura muy cerrada...todo se concentra en el personaje de Emma. Además, está escrita de una manera muy controlada. Las imágenes forman una red muy tupida. Eso no existe en La Regenta, que es una novela mucho más abierta, que no se centra sólo en el personaje de Ana Ozores, sino que más bien es una novela panorámica, que combina la fascinación de una novela psicológica con una novela social, porque el retrato de la sociedad vetustense es magnífico. En fin, que en todos los conceptos se trata de dos novelas tan, diferentes, que no resulta una buena idea compararlas intentando hallar un paralelismo continuado.
Pero, si queremos destacar algunos rasgos comunes, he aquí el primero: también es bastante frecuente que los protagonistas de una novela asistan a la representación teatral de una obra y que el teatro sea un lugar de encuentros amorosos. El mismo Clarín pone en evidencia este hecho cuando, respondiendo a la acusación de Luis Bonafoux de haber plagiado la escena de Madame Bovary, escribe: "¡Cuántas novelas podría yo citarle, anteriores y posteriores a la de Flaubert, en las que hay escenas de marido, amante y mujer en el teatro! Quinientas. Ahora mismo me acuerdo (y conste que yo leo pocas novelas) de Guerra y paz, de Tolstoi, en que a cada momento se va al teatro la acción; Ana Karenine, del mismo Tolstoi; Mensonges de Paul Bourget; El primo Basilio de Eça de Queiroz...". Pero la utilización de una obra de teatro dentro de una novela para hacer avanzar la acción de la misma es un hecho, cuando menos, poco habitual. En efecto, contrastando Madame Bovary y La Regenta, el autor de esta última pone en evidencia la función marginal del episodio del teatro en la primera, y su fundamental importancia en la segunda: "En Madame Bovary, la escena del teatro es un episodio insignificante, de los de menos relieve; en mi novela es un largo capítulo en que se estudia el alma de la Regenta por muchos lados, un capítulo de los principales para la acción interna del libro; además, Flaubert no se propone pintar el teatro de provincia en este episodio de su novela, y yo en el mío sí [...]. En la novela, sobre todo en la novela del XIX, son la narración y la descripción los elementos más importantes. Y en el caso en el que nos encontramos, con un narrador omnisciente que nos descubre los pensamientos más íntimos de cada personaje, independientemente de lo que estamos "viendo" por medio de la narración, la descripción adquiere una importancia aún mayor. Sin olvidar que el autor puede dar, y a menudo así lo hace, juicios de valor sobre el comportamiento de los personajes, influyendo en nuestra actitud hacia ellos.

Como conclusiones pues y después de la exposición de las primordiales características de las dos novelas y de sus protagonistas, podemos apreciar igualmente varias coincidencias:

-La disquisición entre Madrid y provincias y la noción de distancia física y psicológica entre ellas; la lucha de las diferentes clases sociales; la exposición de los principales ejes de la ideologia burguesa; la contraposición entre vivir una experiencia de forma directa o a través de las lecturas; las exigencias de un mercado capitalista; el nivel privado familiar opuesto al nivel público político; el contrato del matrimonio artificial enfrentado a lo natural de los sentimientos; la crisis de misticismo de las dos protagonistas y la dicotomía entre amor divino e humano. La necesidad de satisfacer los sentimientos a través de las pasiones desbocadas, que palían el aburrimiento existencial de las protagonistas; la platitud de los amantes, su poca calidad como individuos y poca calidad moral, que los hace situarse por debajo de las aspiraciones de la protagonista. La ceguedad de los maridos (el hallazgo de la liga por el marido de Ana); la diferencia entre el saber teórico y el práctico, el mercantilismo imperante en la sociedad.

Madame Bovary es una obra de interés todavía palpitante, y debe recordarse que toda la ficción construida por Don Gustavo se basó en historias auténticas cuyos documentos él conoció de manera directa. A pesar de lo cual, cuando le preguntaron en quién se había inspirado para imaginar a Emma, manifestó contundentemente: “Madame Bovary soy yo”.

Su trabajo fue arduo, no obstante contar con la base documental aludida, pues empleó más de cinco años en la redacción de su gran novela. Que luego le llevó a ser procesado a instancias del Gobierno francés, por considerarle como de la más absoluta inmoralidad.

Y en el caso de España, al que ahora queremos referirnos, ¿por qué la decisión de Leopoldo Alas de dar a luz La Regenta en la línea de Flaubert por mucho que él la pretendiera ignorar? ¿Por qué ese quiebro de su habitual ritmo de trabajo, centrado hasta 1884 en artículos de crítica o en cuentos largos? La respuesta la dio el propio autor con estas palabras:
“Galdós es grande en España como lo es Zola en Francia, porque ambos han escrito cosas de gran importancia. Nadie trascenderá en su fama si se constriñe a obras cortas y efímeras. Sólo permanecen la novela de fuste y el buen teatro. Lo demás acaba derivando hacia el olvido”.
Y efectivamente, la publicación de La Regenta fue como el broche de excelencia de la carrera de juventud de Leopoldo Alas, y la obra más recordada del autor. Pero con el fastidio para el inventor de Vetusta de las comparaciones que se hicieron entre Anita Ozores y Emma Bovary. No es extraño, pues, que en la controversia con sus numerosos detractores, el vetustense se esforzara en buscar las discrepancias entre ambas doloridas heroínas:

“Para mí, Emma Bovary seduce, y en cambio Ana Ozores es seducida. Emma tiene un matrimonio normal. Y, muy por el contrario, el de Ana es de lo menos gratificante, porque se ve rodeada de un mundo pretendidamente espiritualista. En tanto que Emma, en fuerte contraste, respira por los prejuicios de una sociedad dada al comercio y al dispendio”.

Pero separando a las dos esposas que se dejan vencer por el adulterio, el propio autor de La Regenta supo encontrar alguna analogía entre ambas protagonistas:

“Le sucede a la postre a Anita Ozores lo mismo que a Emma Bovary: ninguna de las dos sabía a quién pedir cuentas. En eso sí que se me emparentaría con Flaubert, al cual desean desposarme de por vida algunos de mis más admirados críticos. Al destino de Emma, ahogada por las letras de cambio y las deudas, corresponde el designio místico-trágico de Ana, bloqueada por el éxtasis de lo sobrenatural, y al tiempo siempre bajo el acoso del miedo y el chantaje”.

Y volviendo a las discrepancias, son interesantes también algunas reflexiones adicionales de Clarín: “Flaubert, en su trabajo como escritor, pormenorizó la vida cotidiana. Es más, insistió morbosamente en su vulgaridad, contemplándola a veces con fascinada repugnancia. Yo, personalmente, creo que nunca hice eso. En todo momento he procurado mantener un cierto tono estético, salvo tal vez en la última escena de La Regenta, en la catedral, cuando Celedonio besa a Anita como si él fuera un sapo”.

El hecho es que Leopoldo Alas, en honor a la verdad, construyó en La Regenta todo un cosmos literario, cuyo alto valor no se debió al argumento ni a posibles inspiraciones entreveradas procedentes de la obra de Flaubert. Porque un adulterio no resulta demasiado original, pues sucede cada día en no importa dónde. Y por ello mismo, lo más trascendente de la novela de Clarín no fue la configuración de toda la trama de vivencias, sin que llegara a haber verdadera tragedia, ni la acción más o menos intensa de la narración, sino el ambiente de la vida de unos personajes que en su conjunto comparten un mismo escenario: la entraña misma del naturalismo.